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Lydia Molina / PIRAVÁN

La carretera que conduce a una de las playas más turísticas de Huelva no revela pista alguna sobre la realidad que ocultan los pinares que la bordean. En su interior, a poco más de doscientos metros, se encuentra el mayor asentamiento de la provincia andaluza, donde malviven entre el hambre y el miedo cientos de inmigrantes de los dos mil que este año llegaron a Huelva en busca de un trabajo en la recogida de la fresa.

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Foto: Cáritas Huelva

Son las tres de la tarde, sentado en un bidón de plástico, Issa Sonkone descansa rodeado de varios compatriotas malíes con los que charla en bambara, su lengua, señal de que hoy tampoco ha habido suerte. “Me levanto a las seis de la mañana, voy a la gasolinera donde los empresarios van a buscar a la gente y después andando por los invernaderos”, un ritual que este joven de Mali repite en vano, a diario, desde que llegó a Huelva hace tres meses. “Yo pido trabajo, ellos me piden papeles y no tengo, así que no hay trabajo”.

A su alrededor bajo los árboles se levantan chabolas construidas con ramas, cartones y retales de plásticos de invernadero para proteger los colchones que yacen tumbados en el suelo, donde duermen desde hace meses e incluso años. La tierra se tiñe de círculos negros, huellas de hollín de las hogueras encendidas en los meses de más frío. Con la llegada del calor, las sombras de los pinos protegen del sol a los pequeños grupos de chabolas que salpican el paisaje, junto a las que se reúnen sus habitantes, hombres jóvenes, principalmente malíes y de otros países del África subsahariana. Los hay estudiantes, licenciados y hasta empresarios que vendieron sus negocios para pagarse el pasaje a España. La mayoría no tiene papeles.

Issa pisó España por primera vez hace un año y medio, desde entonces su hoja de ruta ha sido el calendario de las campañas de recogida de la fruta que le ha llevado por Lérida, Valencia, Almería, Jaén y Huelva. En ese tiempo sólo ha conseguido trabajar 15 días en la aceituna jienense durante el mes de febrero. Esos ahorros no dieron para mucho y, cuando se acabaron hace varias semanas, Issa comenzó a vivir de las bolsas de alimentos que Cáritas reparte semanalmente en la iglesia de Mazagón. Una situación difícil de asumir para un joven de 24 años que arriesgó su vida con la idea de mantener a su familia desde España y cuya propia manutención depende ahora de la solidaridad de otros. “Si antes de salir de mi país me hubiesen advertido de que en Europa iba a pasar hambre no lo habría creído”.

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Foto: PIRAVÁN

La historia de este malí podría ser la de cualquiera de los rostros con los que se cruza en el asentamiento. Salió de Bamako hace más de cuatro años abandonando a su familia bajo la promesa de enviarles dinero lo antes posible. Después de un largo periplo de más de un año por el desierto consiguió entrar en Argelia. Allí trabajó dos años como soldador hasta ahorrar el dinero suficiente para pagar la patera que le llevó a Motril. Un viaje del que a Issa no le gusta pormenorizar detalles, “fue muy duro”, murmulla mientas menea la cabeza. Los recuerdos de aquellos días no le dejan acompañar a sus amigos cuando van a la playa.“No voy porque no quiero ver el mar, todavía no” y sus ojos quedan fijos en el suelo durante un largo silencio.

En las chabolas no hay electricidad y el agua les llega a través de una manguera que han enganchado al sistema de riego de un invernadero próximo. En otros asentamientos, como el que hay a varios kilómetros, los inmigrantes gastan algo más de una hora al día en hacer el trayecto que les separa de la fuente donde se abastecen de agua potable. Allí vive Gibrilou, también malí y uno de los pocos inmigrantes que ha conseguido trabajo como temporero a pesar de no tener papeles. “No me gusta vivir aquí”, se lamenta. Su jefe no tiene alojamiento para él en los locales donde duermen el resto de trabajadores, “no hay sitio porque soy ilegal”, reconoce mientras se encoge de hombros con la misma resignación con la que se ha acostumbrado a vivir en un tipi de plástico en el que ni siquiera puede entrar erguido.

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Foto: PIRAVÁN

En los asentamientos las visitas son recibidas entre la incredulidad y el recelo, no quieren cámaras ni periodistas, hay mucho miedo. Miedo a que su denuncia sea pública en los medios y que la guardia civil vuelva, como ha hecho otras veces, a derribar sus chabolas. Miedo a que sus familiares puedan ver las condiciones reales en la que viven y que la mayoría oculta para protegerlos del sufrimiento que ellos ya soportan. Y miedo a que se ejecuten en cualquier momento las órdenes de expulsión que casi todos recibieron como regalo de bienvenida al bajarse de la patera en la que llegaron a España. Ese es el miedo que los mantiene enjaulados en los pinares de Huelva sin salir más que para buscar trabajo.

Muchos apenas saben español pero la palabra crisis ya forma parte de su vocabulario básico. La escuchan en todos sitios, a todas horas, este año se ha convertido en un obstáculo insalvable. “Les ha hecho mucho daño. En Huelva los españoles han vuelto al campo, y los inmigrantes peones de la construcción, al quedarse parados, han venido desde otras ciudades a los asentamientos, y esos son los que se han encontrado trabajo. Los empresarios no se arriesgan con los que no tienen documentación” asegura José Manuel Gómez, responsable de inmigración de Cáritas Huelva.

No siempre fue así, “si la fresa es hoy el motor de la economía en Huelva es porque los inmigrantes comenzaron a trabajar en ella hace diez años, cuando los españoles no querían, es lo mismo que va a pasar al terminar la crisis” pronostica André Boissy, presidente de la recién nacida asociación Nuevos Ciudadanos, una organización creada por los propios inmigrantes para asesorar a sus compatriotas y trabajar en la sensibilización de los países de origen.

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Foto: PIRAVÁN

Sin trabajo y sin dinero, el reloj se para a la una de la tarde, cuando los invernaderos empiezan a vaciarse y los inmigrantes saben que han vuelto a restar un día a sus aspiraciones. Es entonces cuando regresan al asentamiento. Unos dedican la tarde a jugar al fútbol, otros se sientan a esperar a que llegue la noche, algunos se arreglan para ir al pueblo a llamar a sus familias y otros se apartan del grupo dejando correr el tiempo. “Lo pasan muy mal, estar lejos de todo lo que quieres es muy duro, por eso una de sus mayores necesidades es la atención psicológica, son personas que lleva tres o cuatro años sin ver a su familia, que pasan las horas muertas pensando en los suyos, y en que lo que dejaron en su país siempre fue mejor que lo que tienen ahora”.

La clandestinidad no se da sólo en el campo, también en núcleos urbanos como Lepe, uno de los municipios con mayor renta per cápita de España, donde centenares de inmigrantes habitan en casas abandonadas. Mamadou Wourry vive junto a otros veinte africanos entre las ruinas de una casa de poco más de 100 metros cuadrados en los alrededores del centro de la ciudad. El espacio protegido por lo que antes eran los muros de una vivienda familiar está repartido en habitaciones construidas con cartones, palos y plásticos en las que duermen de 4 a 5 personas. En el centro, sentados en sillas y cajas vacías dos malíes juegan a las damas mientras un grupo sigue atentamente la partida. A su derecha Mamadou está cocinando arroz “como en África”, dice sonriendo mientras remueve la olla que reposa sobre una candela de leña. “Aquí vivimos más de 20 personas, los pocos que han trabajado se han ido a Lérida [a otras campañas] pero nosotros no, no tenemos dinero”. Mamadou llegó a España con los 1500 euros que su familia obtuvo de la venta de las vacas con las que se ganaban la vida. “Mi madre me llama pidiéndome dinero y siempre tengo que decirles que no hay nada”.

Nada, ni siquiera servicios sociales tan básicos como la atención sanitaria. Sin embargo, aunque la frustración y la soledad refuercen a diario la idea de volver a sus países, nadie quiere regresar a casa con las manos vacías. “Cuando hablo con mi familia y les cuento que duermo en la calle, mi padre me dice que me manda dinero para volver”, la voz de Mamadou Diallo se resquebraja pero no deja caer las lágrimas. Tiene 19 años. Su padre, su madre y sus hermanos depositaron en él todas las esperanzas. “No, yo no he venido a viajar, he venido a trabajar, a ganar dinero, pero… ¿tu crees que alguien puede vivir así?”. Su sueño, vivir en Europa, se ha convertido en una pesadilla, un limbo legal donde no les queda nada más que su dignidad y la ropa que cuelga de los árboles que les rodean.

(10) Comentarios

  1. [...] ¿Qué se oculta junto a esta turística playa de Huelva?www.pmasdh.com/2009/05/hambre-y-miedo-en-huelva/ por aberron hace pocos segundos [...]

  2. He visto el articulo en bitacoras.com y no he podido dejar de leerlo. Estudie Magisterio y, por circunstancias personales, decidi trabajar en la fresa la temporada del año 2000. No recuerdo haber oido hablar de estos asentamientos. En mi caso trabaje con Senegaleses, Marroquies, Polacas(impresionante esa experiencia), Rumanos y españoles de Moguer y de Huelva. Nadie pasaba necesidad ni contemplé algo parecido. Mas bien los problemas eran de quien hace el amor con quien esta noche o mañana por la noche. La secuencia era trabajar/ comer /siesta /jarana/dormir/trabajar…Y los sabados por la noche eran tremendos (aunque casi siempre me venia para Sevilla) Y no me fue muy mal. Pero esto me deja de piedra.
    Seguramente sea que los españoles e inmigrantes que estaban en otro sector han vuelto al campo ante la crisis(como bien dice tu articulo) …Pero si lo que cuentas es real
    ¡Hay que resolverlo! Por razones humanitarias fundamentalmente.
    Solo se me ocurre que pidas ayuda a algun benefactor con pasta que les de dignidad un buen tiempo. Un benefactor que no pida nada a cambio. Porque si se convierte en un problema administrativo los largan a su pais por ser unos “sinpapeles”.
    ¡Cago en tooo! Eso no pasaba cuando estube en Moguer.
    Y yo que pensaba que la miseria estaba de Marruecos para abajo.
    Me puedes encontrar como Constantino Carenado y “El caminante” .
    Pasaré por esta web de vez en cuando. Si hay algo que pueda escribir a algun sitio…

  3. Sara Armesto

    Muchas gracias por abrirnos los ojos, Lydia. Un beso.

  4. ¡Buen trabajo, Lydia!

  5. Lola López

    Gracias a trabajos como el tuyo nos paramos a meditar sobre situaciones cotidianas tan impresionantes. !Me ha encantado! Un beso.

  6. [...] sus países, por eso se esconden. Lo que no se ve no existe y ellos son invisibles. Lo contamos en pmasdh: Foto: Cáritas [...]

  7. [...] huía hasta que lo volvieron a arrestar en mayo. Durante este tiempo trabajado por temporadas en campañas de recogida de fruta y como peón en el puerto de Algeciras. ” Siempre he trabajado, me gano la vida con mi sudor, [...]

  8. [...] es senegalés y llegó a España hace dos años y medio. Ha trabajado en la construcción y la recogida de la fruta, pero desde que “no hay trabajo” pasa el día frente a un retal en el que coloca varias decenas [...]

  9. [...] Issa Sonkone lo conocimos el año pasado en un asentamiento de Huelva, buscaba trabajo en la recogida de la fresa. Un año después sigue en [...]

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