P+DH – el blog de la redacción de periodismohumano

  • Primero de los tres capítulos en los que P+DH relatará los intentos de los inmigrantes que quieren cruzar a Ceuta y el desengaño de aquellos que consiguen llegar y se encuentran encerrados en la ciudad
  • Medio centenar de inmigrantes viven escondidos en el bosque marroquí esperando su oportunidad
  • Cada semana cuatro o cinco personas cruzan la frontera en barca, a nado o en dobles fondos de vehículos
Un inmigrante camina por las montañas marroquíes cercanas a la frontera española de Ceuta. Sept 2009. Fotografía Sergi Cámara / Piravan

Un inmigrante camina por las montañas marroquíes cercanas a la frontera española de Ceuta. Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

El agua hierve en el interior de una vieja cacerola. El fuego de la hoguera brilla en los ojos de los seis africanos que lo rodean y dibuja sus perfiles en los árboles. El tiempo pasa lento, muy lento, en el bosque marroquí cercano a la frontera entre Marruecos y Ceuta donde unos cincuenta inmigrantes esperan su turno para cruzar a España.

Willy se limpia el sudor mientras se acomoda en el asiento que forman un par de troncos amarrados. Lleva casi una hora caminando por el monte para llegar al campamento. Ha pasado la tarde sentado en la carretera esperando a que alguien se detenga para darle comida. “La vida aquí es muy dura”. Repite esa frase por inercia, sin esperar una respuesta ni consuelo. Salió de Congo para dejar atrás la violencia y más de un año después continúa huyendo, escondiéndose “como un animal” de las redadas policiales, en un país en el que oficialmente nunca ha estado. Los compatriotas que le acompañaron en el camino consiguieron cruzar y él se ha quedado solo junto a un grupo de senegaleses con los que comparte comida y agua.

A las ocho y media de la tarde ya es noche cerrada y sólo quedan los destellos de las linternas que les ayudan a moverse por el monte, aunque todos podrían recorrer cada palmo del camino con los ojos cerrados. Este campamento es un lugar de paso para los inmigrantes que malviven entre chozas de plástico esperando el momento para cruzar, ya sea a nado, en lancha o saltando la doble valla de seis metros de altura que separa el pesquero pueblo marroquí de Beliones y Benzú, la pequeña aldea española que marca la diferencia entre estar en Europa o seguir en África. Así de simple, un centenar de metros.

La valla de Ceuta cercana al mar.  Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan

La valla fronteriza de Ceuta cercana al mar. Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

A la luz del día nadie se atreve a intentarlo pero con la complicidad de la noche salen del letargo. A pesar del desánimo y el cansancio, algunos bajan a la orilla del mar para reconocer el terreno y preparar la travesía. A otros les ha llegado el momento, hoy volverán a intentarlo. Las fuerzas de seguridad marroquíes también despiertan de noche y activan la alerta en los puestos de control, vigilan la costa con lanchas a motor y recorren a pie la montaña en busca de clandestinos. Marruecos cumple a rajatabla el encargo de controlar la inmigración que le ha convertido en una subcontrata europea para externalizar fronteras.

La calma tensa en Beliones

Los vecinos de Beliones reconocen que antes había más movimiento pero aún así el goteo no cesa. “Ahora hay mucha vigilancia pero los “morenos” siguen bajando a la playa”, dice el dueño de un bar. “Por la noche se les ve, se esconden pero todo el mundo sabe que están ahí”.

La madrugada en el pequeño pueblo fronterizo es silenciosa. Es Ramadán, a las tres de la mañana el canto del muecín interrumpe la calma y los hombres salen a la calle camino a la mezquita. Después de la oración vuelven a casa y regresa el silencio. Alrededor de las cinco, dos policías aparecen entre la vegetación de la montaña que rodea Beliones, uno de ellos agarra violentamente a un joven negro por el cuello de la sudadera, lo arrastra hasta la carretera mientras grita y levanta la porra haciendo señas para que nadie se detenga a ver qué está ocurriendo. El detenido no ofrece resistencia pero su cara evidencia el terror que le produce quedarse frente a frente en la oscuridad con el gendarme marroquí.

Lo que podría ocurrir después, lo sabe Ibrahim. Este joven de Costa Marfil recuerda cómo el miedo le paralizó al encontrarse en esa misma situación. La policía marroquí lo detuvo en dos ocasiones cuando se preparaba para saltar la valla. “Me pegaron mucho y me llevaron a Oujda (frontera entre Marruecos y Argelia), allí me abandonaron y tuve que volver a empezar”. Ibrahim estuvo tres años entre Rabat y Beliones, se iba a la capital cuando escapaba de las redadas. Hasta que uno de sus intentos le abrió la puerta a Europa. Cruzó en barca hace un año y ocho meses. Ahora vive en Ceuta, sin papeles y trabajando de aparcacoches.

Varios niños se bañan cerca de la valla de Ceuta que entra en el mar.  Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan

Varios niños se bañan cerca de la valla de Ceuta que linda con el mar. Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

Por mar o por tierra

Desde septiembre de 2005, cuando más de 150 inmigrantes cruzaron la valla, y cinco murieron por disparos de los gendarmes marroquíes, el control policial tanto de Marruecos como de España ha hecho que acercarse a la verja sea tarea imposible. Ahora las entradas por tierra se registran sobre todo en los dobles fondos de vehículos y las marítimas, aprovechando que perdura el buen tiempo, en barcas o a nado, desafiando a las bajas temperaturas del agua y a las corrientes marítimas.

Samuel Faith llega a las puertas del CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) por la mañana, ha cruzado de madrugada y viene con lo puesto. “He llegado a la ciudad y unos compatriotas me han dicho que viniera aquí”. El paso de los minutos le relaja, pero una risa nerviosa va y viene mientras cuenta cómo ha conseguido entrar. “Mi mujer y mi hijo están en España desde hace 4 años, se lo expliqué a un marroquí y me dijo que me traería a Ceuta. En el viaje me agarré a su espalda y él fue nadando hasta dejarme en la orilla”. Pagó 300 euros por dos horas de viaje sobre un “motor humano”, como se les conoce a los nadadores. “El hombre que me trajo sólo me dijo que corriera al llegar a la playa porque si me cogía la policía me mandaría a Marruecos”. Samuel interrumpe su relato cuando dos policías nacionales llegan a buscarlo. El personal del CETI les ha avisado para que identifiquen al nigeriano y éste pueda quedarse en el centro. Faith se muestra confundido ante los agentes que le preguntan en español y atropelladamente su nombre y apellidos sin que él comprenda qué le están pidiendo hasta que, con nerviosismo, acierta a sacar una fotocopia gastada del libro de familia y entra en el coche que le lleva a comisaría.

Samuel Faith reza en la orilla española tras la valla de Ceuta cercana al mar.  Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan

Un joven de Costa de Marfil reza en la orilla española tras cruzar la frontera de Ceuta. Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

Samuel Faith cubre las estadísticas de 4 o 5 inmigrantes que entran semanalmente en el CETI, una cifra que dista mucho de las de 2007 cuando llegaban 10 personas al día. De ello dan fe los vecinos de la playa de Benzú, la primera del lado español. “Antes venían todos los días, pero desde el año pasado se ven cada vez menos. Hay más control. Yo he ayudado a muchos que han entrado nadando, los escondíamos en otra playa. A veces venían mujeres embarazadas, ¿cómo no íbamos a ayudarlas?” dice un habitante de las casas más próximas a la arena. “Por las mañanas encontrábamos chalecos salvavidas y barcas hinchables abandonadas”. Cerca de esta playa la guardia civil española se esfuerza en ponerle puertas al mar, prolongando la valla fronteriza hasta el interior del agua. Desde la garita de control, los agentes vigilan con cámaras térmicas la zona y avisan a Marruecos de los intentos que registran para que la gendarmería les obligue a dar la vuelta y los detenga en la orilla.

Pero a pesar de la férrea vigilancia, se siguen echando al mar. El sábado pasado dos jóvenes subsaharianos detectados por la guardia civil tuvieron que dar media vuelta cuando rozaban la frontera de Benzú. Willy tampoco está dispuesto a desistir, hace unos días trató de cruzar la valla. Mientras esperaban agazapados el momento para encaramarse a la verja y saltar al otro lado llegó la policía marroquí y detuvo a tres de sus compañeros. Él consiguió escapar y ya planea otro intento en barca.

>>> Siguiente capítulo el próximo jueves: En el laberinto del Estrecho (2) Encerrados en Ceuta