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El Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta no tiene muros, las rejas verdes que lo rodean dejan ver la rutina de un recinto en el que conviven 470 inmigrantes de 31 nacionalidades diferentes, 470 historias de huidas y peregrinaciones. Los últimos en llegar fueron 25 subsaharianos rescatados el viernes a seis millas de la costa.

Mujeres y niños en el CETI de Ceuta  . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

Sandra Osato con su hijo Desmond en el CETI de Ceuta . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

Desde el exterior se escuchan las risas de un grupo de nigerianas que charlan sentadas sobre mesas y bancos de piedra en los que se preparan para trenzarse el cabello. Mientras, varios niños corretean a su alrededor. Para la mayoría el centro es la única casa que conocen, aquí se han criado desde que llegaron a España siendo bebés o en el vientre de sus madres.

Darek es nigeriano, emplea indistintamente su lengua materna y el español, dependiendo de la nacionalidad de su interlocutor. Tiene 4 años, es muy activo y su madre, Sandra Osato, sonríe cuando lo ve desenvolverse con tanta soltura. La inocencia de Darek lo mantiene al margen de la historia que le ha traído a España y que comenzó en 2001 cuando Sandra salió de Nigeria escapando de un matrimonio concertado. “Le dije a mi padre que no podría casarme con un hombre tan viejo como aquel”. Huyó de las amenazas de muerte y del repudio de su familia con el novio que ella había escogido y que después se convertiría en su marido y padre de sus hijos. “Todos me abandonaron, yo estaba desesperada y quería empezar de nuevo”. Después de cruzar Libia y Argelia, llegaron a Marruecos donde sobrevivieron pidiendo en la calle durante 4 años y 5 meses. Cuando se quedó embarazada de Desmond, su segundo hijo, cansada de la vida que llevaba decidió probar suerte en el mar. “Le dije a mi marido que no podíamos seguir así y cogí la patera”. Partió sola con los niños.

Con un bebé en su vientre y otro de tres años en el regazo se subió a la embarcación en la que había otras 23 personas. “El viaje fue muy duro. Le pedía a Dios que todo terminara bien. Decía: ‘No quiero volver, no envíes a la policía para que me detenga’. Cuando nos metimos en el mar el motor se paró, se cayó al agua y empecé a llorar porque pensé que todo se acababa… pero vinieron a rescatarnos”.

 CETI de Ceuta . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

CETI de Ceuta . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

Lleva más de un año sin ver a su marido, pero habla con él por el móvil a diario. “Está esperando en Tánger para cruzar porque no tiene dinero, ya ha intentado varias veces pasar la frontera nadando pero la policía marroquí lo coge y lo devuelve a Argelia. De vez en cuando me dice que no puede más y yo le suplico que no me deje sola. Le digo que es normal estar enfadado. A veces en las situaciones difíciles es necesario estarlo.”

El CETI está en una colina casi a las afueras de la ciudad, junto a una urbanización de chalets de varias plantas. Durante el día el trasiego de africanos es continuo en sus alrededores, bajan al centro para trabajar de aparcacoches o ayudando en los supermercados que es a lo que pueden aspirar si no tienen papeles. A la caída de la tarde se reúnen en grupos a la sombra de los árboles o en la playa desde donde los días claros ven emerger el perfil de la península como si sólo les separasen unos cuantos metros.

Chukube Manda mira al frente con indiferencia. Entró a Ceuta con un equipo de salvamento marítimo que lo rescató de una balsa a la deriva. La felicidad que le produjo pisar suelo español se convirtió a los pocos días en desengaño, “Creía que esto sería otra cosa. Lo mejor es ir directamente del bosque (de Marruecos) a la península. Los que llegamos a Ceuta no sabemos si estamos en España o seguimos en Marruecos. No puedes avanzar, te quedas parado. Es como una cárcel donde te tienen sin trabajar y sin hacer absolutamente nada hasta que un día vienen, te cogen y te mandan a tu país”.

CETI de Ceuta . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

CETI de Ceuta . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

Chubuka salió en enero de 2008 de Camerún. Ha peregrinado por las fronteras de Nigeria, Níger, Argelia y Marruecos, sin dinero, recorriendo cientos de kilómetros a pie por el desierto y sobreviviendo varios días sin comer ni beber. “Tengo muchos amigos que siguen allí y están en pleno desierto, `locos´ por culpa del sol y sin hacer nada. Pasan demasiado tiempo pensando”.

Actualmente, los residentes del CETI provienen mayoritariamente de países en conflicto como Congo, Somalia, Nigeria o Sudán, aunque los hay de toda la África Negra e incluso de Afganistán, Pakistán y la India, de estos últimos 54 abandonaron el centro y acamparon en el monte ceutí hace más de año medio, en señal de protesta, cuando recibieron sus expedientes de expulsión.

CETI de Ceuta . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

Dos inmigrantes miran al mar desde la playa Benítez de Ceuta . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

El 80 por ciento de los inmigrantes de la ciudad han solicitado asilo en España pero más del 70 por ciento de esas peticiones han sido denegadas. Ese dato, sumado a las deportaciones masivas, como la de finales de julio cuando 31 nigerianos fueron trasladados a la península y devueltos en avión a su país, hacen que los inmigrantes vivan entre la inseguridad y el miedo. Ibrahim Conde, costamarfileño, no alberga esperanza alguna en regularizar su situación en Ceuta, “sólo me queda pedir a Dios que el gobierno me mande a España pero que no llegue a repatriarme, como les ha pasado a algunos amigos que tengo en Madrid y Barcelona”. Son casos en los que la deportación no llega a ejecutarse. El inmigrante es trasladado a la península con una orden de expulsión e internado en un CIE (Centro del Internamiento de Inmigrantes) durante 40 días, máximo legal permitido que se verá ampliado a 60 días con la aprobación de la nueva ley de extranjería, si en ese tiempo no es devuelto a su país es puesto en libertad. Sólo entonces Ibrahim daría por concluido su viaje.

Ceuta  . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

Stea Ishtaiq, de Afganistán es uno de los recién llegados al CETI de Ceuta . Sept 2009. Fotografía: Sergi Cámara / Piravan (c)

Stea Ishtaiq está en la entrada del CETI, ha llegado hace un par de días. Sentado en el suelo con las piernas cruzadas fija sus ojos en el torno de la puerta por el que van desfilando inmigrantes. Tiene la cara hinchada, muy rosada y seca a consecuencia del sol, una metáfora de cómo le ha tratado la vida en los últimos años desde que salió de Afganistán en 2007 con destino a Italia. Stea es pastún y trabajaba de transportista en Kandahar. “Un día al volver a casa me encontré los cadáveres de mis dos hermanos y mi padre, mi madre y mis hermanas no estaban”dice con un susurro que precede a un largo silencio.  A Stea le dieron una paliza y le pidieron dinero bajo amenaza de muerte. “Se lo conté a un amigo que me dijo que me ayudaría a llegar a Italia”. Lo dejó todo atrás y comenzó un viaje que le llevó a Pakistán y a Irán. Cruzó a Dubai como polizón, escondido en un barco. “Pasé dos o tres días sentado en una habitación. Después me taparon los ojos y me llevaron a otro barco en el que viajé durante tres meses hasta Abiyán, (capital de Costa de Marfil)”. De allí a Mali y al desierto de Argelia. Cuando llegó a la frontera con Marruecos le retuvieron con falsas promesas encerrado en un cuarto durante 14 meses.

“Un día me subieron a coche camino a Rabat o a Tánger, no lo sé. Estuve en el maletero durante 12 o 13 horas y después me dejaron en Castillejos (frontera sur de Marruecos y Ceuta), allí me dijeron que sería el último paso hasta Italia”. De Castillejos lo trasladaron a Beliones donde junto a otras 9 personas subió a una lancha a motor la noche del 24 al 25 de agosto.” Al llegar a Ceuta me aseguraron que ya estaba en Italia y me empujaron para que saliera de la barca. Unos indios me dijeron que esto era Ceuta, no Italia y que viniera al CETI. Aquí me han dado comida y ropa, estoy bien, mejor que en mi país. Allí no tengo futuro…no sé por qué mataron a mi familia, no tenemos dinero. Esa gente de Al Qaeda pone bombas en todos sitios, me matarán si vuelvo”.