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Bolivia celebra este domingo elecciones presidenciales, con visos de continuidad. Viajamos al corazón de la heterogeneidad indígena para conocer mejor a los ayoreos. Un reportaje de Mari Luz Peinado y Eugenia Redondo para P+DH.

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La escuela de San José de Chiquitos, donde dan clase 16 niños.

Los aymara tienen una bandera que los identifica. Se trata de la wiphala que con sus siete colores representa las creencias y costumbres de esta etnia andina que junto a la quechua es la más numerosa de Bolivia y a la que pertenece Evo Morales. La wiphala no falta en ninguno de los actos electorales en los que participa, para no olvidar que se trata del primer presidente indígena elegido en un país. Durante los tres años que lleva en el poder, Morales ha mostrado su intención de integrar a los indígenas (que aquí suponen la mitad de la población) en una sociedad que durante siglos los ha tratado como ciudadanos de segunda. Sin embargo, y a pesar de que los indígenas han conquistado muchos espacios de la vida pública vetados hasta hace muy poco, la realidad es que algunas de las casi 40 etnias que coexisten en Bolivia agonizan.

Otto es uno de los líderes de Nueva Jerusalén, una comunidad de la etnia ayorea del departamento de Santa Cruz. Además de su liderazgo innato, se ha convertido en uno de los cabecillas del poblado porque habla de manera fluida el castellano, además del ayoreo, algo que no pueden decir muchos de sus vecinos, sobre todo los más mayores. Hasta hace poco más de cuatro décadas, los componentes de esta etnia vivían al margen de la civilización: iban semidesnudos, eran nómadas y se dedicaban a asaltar los pueblos vecinos. Ahora se trata de una etnia en proceso de desestructuración y en peligro de extinción, incapaz de adaptarse a la sociedad que los rodea pero que a su vez está perdiendo su cultura, sus tradiciones y su memoria como grupo. No hay cifras
exactas sobre el número de ayoreos que queda pero se calcula que son entre 1000 y 3000, repartidos entre Bolivia y Paraguay.

En esta comunidad cerca San José de Chiquitos en la que viven 15 familias las casas no tienen paredes. “No se adaptarían a ellas porque sienten que están encerrados y para ellos el contacto con la naturaleza es esencial. En otros pueblos ayoreos se han construido escuelas y casas y al final ellos mismos han acabado vendiendo las ventanas y el resto de materiales. Es inútil intentar que vivan de la manera en la que nosotros creemos que hay que vivir porque así no se consigue que se integren” cuenta Yovana Rivero, responsable del CIEP (Centro de Investigaciones de Energía y Población), una organización que trabaja para intentar mejorar las condiciones de los integrantes de este poblado sin que pierdan su identidad. Pero eso no siempre es fácil: los adultos se quejan de que los 16 niños que acuden a la ‘escuela’ (una rudimentaria construcción de madera y uralita) reciben las clases en castellano y temen que se pierda su lengua. Además han perdido muchas de sus costumbres como las fiestas que celebraban sus antepasados.

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La bandera de la comunidad aymara está presente en los actos electorales de Evo Morales

Ese temor a la desaparición es, paradójicamente, uno de los mayores problemas para que este tipo de etnias minoritarias sobrevivan. Los adultos prefieren que sus hijos no abandonen el poblado ni siquiera para estudiar a pesar de que no cuenten con las infraestructuras más básicas como es el agua o la luz. “La ciudad está llena de peligros como las drogas, el alcohol y la delincuencia. Eso no pasa en la naturaleza. Muchos han dejado su comunidad pensando que todo sería más fácil en la ciudad pero sólo se han encontrado cosas malas”, dice una de las mujeres en ayoreo mientras Otto nos hace de intérprete. Para ellos, la agricultura y la artesanía son las únicas fuentes de ingresos.

Y, en parte, esta señora tiene razón. Desde CIEP y Ayuda en Acción – las organizaciones que trabajan en esta comunidad – aseguran que “muchos ayoreos que están en la ciudad (principalmente en Santa Cruz, capital del departamento homónimo) han acabado dedicándose a la prostitución y a la mendicidad”, algo que se puede comprobar fácilmente dando un paseo por la ciudad.

Si a esa barrera que los ayoreos construyen para separase del resto de la sociedad – lo que no significa que sean reservados, al contrario, nos reciben y hablan con una sonrisa, sobre todo los más pequeños, que adoran las cámaras de fotos – sumamos el olvido institucional, tenemos todos los ingredientes para hablar de una comunidad hundida en la miseria que apenas puede pensar en un futuro. El grupo se estableció en estas tierras después de que se les otorgara la titularidad hace unos años por la aplicación de las leyes que reconocían los derechos de los indígenas. Pero las autoridades no se han encargado de nada más, ni de que llegue la luz y el agua ni de acondicionar caminos de entrada o salida a las comunidades.

“Hay muchas dificultades para llegar hasta ellos, desde los propios problemas que ellos ponen, al idioma o el factor físico, porque para venir hasta aquí hay que coger un camino que está a más de una hora andando de la carretera más próxima”, explica Yovana. Ellos lo saben y, algunos, han conseguido organizarse para intentar que su voz también se escuche en este “estado plurinacional”, como el mismo Evo lo definió el día que presentó su primer gabinete en el que incluía a cuatro ministros de origen indígena. Pero no hay ayoreos en ese gobierno y eso a Otto no se le olvida, a pesar de que crea que tener un presidente indígena es un gran avance. “Evo fue nuestro compañero en la marcha indígena y dijo que cuando llegara al poder iba a formar un gobierno plurinacional con representaciones de todas las etnias, pero eso no ha sido así. Los indígenas, sobre todo los grupos mayoritarios, sí han conseguido mejores condiciones pero no todos, no los ayoreos”.

A lo mejor a partir del próximo domingo los habitantes de Nueva Jerusalén se sienten un poco más partícipes de la Bolivia plurinacional, a pesar de que los servicios sanitarios nunca hayan ido a hacer una revisión a los niños y de que los chicos de 18 años estén recibiendo clases de tercer curso del elemental. Eso ocurrirá si Teresa Nominé, de origen ayoreo, consigue salir elegida como diputada por el partido presidencialista. “Pero ésa es una ayorea que vive en la ciudad”, recuerda una de las mujeres, como si de una traición a esa cultura que intentan salvaguardar se tratara.