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Un soldado iraqiuí es registrado al llegar a votar durante la votación temprana del ejército. Marzo de 2010. Ramadi, Irak.  AP Photo/Khalid Mohammed)

Un soldado iraqiuí es registrado al llegar a votar durante la votación temprana del ejército. Marzo de 2010. Ramadi, Irak. AP Photo/Khalid Mohammed)

por Alberto Arce

“El parlamento iraquí actual es mejor que el anterior y el que resulte elegido el 7 de marzo será mejor que el que nos gobierna hoy. Estamos aprendiendo poco a poco y sin experiencia previa. La democracia no nace de la nada. En Europa hay gobierno y oposición, en Irak es más complicado, aquí tenemos una división sectaria que lo condiciona todo”. Abdel Latif Al Hassany, Presidente de la región de Muthanna, una de las más tranquilas, situada al sur de Irak, resume con dicho tópico la naturaleza del proceso político que atraviesa su país bajo la tutela de una ocupación extranjera en retirada y una sociedad civil harta de una clase política y un estado que no garantizan la electricidad, el agua potable o la atención sanitaria para la población de un país devastado y convertido, tras siete años de guerra en un auténtico basurero. Al Hassany insiste en transmitir normalidad y garantizar seguridad. Su objetivo último, evidente, invitar a empresas extranjeras para que construyan en su región.

Las elecciones legislativas del 7 de marzo giran, aparentemente, en torno al debate sobre una serie de candidatos a los que se acusa de pertenecer al ilegalizado Baath, partido único del régimen derrocado hace siete años y abrumadora mayoría sunita. Según la explicación del Gobernador de Muthana y en vista de la tensión generada por la prohibición de concurrir a las elecciones que se les ha impuesto, sería fácil asegurar que el gobierno iraquí, de mayoría chiíta, con apoyo kurdo, trataría de profundizar la política de división sectaria, léase actual exclusión de la minoría sunita, que tan crueles consecuencias ha tenido para los iraquíes tras la invasión norteamericana.

Si a eso le suman una serie de atentados suicidas cuyas cifras de fallecidos se convierten en rutinariamente elevadas, recurrentes pesadillas de decapitaciones de familias completas o ejecuciones extemporáneas que ya nadie se esperaba como la de Ali “el químico”, Ex Ministro de Defensa del régimen de Saddam que ordenó la limpieza étnica de los kurdos, nos encontraríamos ante el mismo relato de la realidad iraquí que viene repitiéndose cual inevitable bucle desde hace varios años. El único resultado posible de este peligroso cóctel es la continuación de la violencia. Una violencia que, de desbordarse, justificaría la permanencia de las tropas extranjeras con fecha de abandono del país a lo largo del año 2011.

 Carteles electorales en las calles de Bagdad. (AP Photo/Khalid Mohammed

Carteles electorales en las calles de Bagdad. (AP Photo/Khalid Mohammed

No obstante, en una tertulia de hombres de mediana edad que se reúne prácticamente a diario en el kiosko de prensa de Abu Salwan, situado junto al garaje del parten los taxis en Al Ahlam, al sur de Bagdad, se amplía y normaliza el relato. Un poco de historia, recordada por Basil Abdelkarim, nos permite comprender que, si bien es cierto que la violencia es la lamentable característica que define gran parte de la realidad iraquí, su origen se remontaría a 1958, fecha en la que el ejército se hizo cargo de la situación bajo diferentes formas y, por tanto, la realidad actual no presenta demasiadas diferencias de fondo respecto de los últimos 50 años. Tampoco el sectarismo. Antes una minoría sunita controlaba el país en lo que muchos iraquíes califican como una auténtica dictadura totalitaria, ahora una mayoría chiíta lo hace con apoyo kurdo y formas relativamente democráticas. Se ha dado la vuelta a la tortilla. Sin más. Nada nuevo bajo el sol o las tormentas de arena iraquíes.

En todo caso, la ilegalización del Baath no sería, si se pregunta en las calles de Bagdad, el vértice sobre el cual gira el debate político iraquí de cara a estas elecciones. El Baath es, simplemente, ese muñeco roto al que no mentar, lugar común hacia el que canalizar el odio que la mayoría de Irak siente por el antiguo régimen. El enemigo derrotado. La víctima fácil, que no inocente, a la que culpar de todos los males. En gran contradicción si tenemos en cuenta que en plena campaña electoral se ha permitido la reincorporación al ejército de miles de oficiales del régimen anterior que fueron expulsados por su presunta lealtad a ese mismo partido que continua siendo ilegal y que, de participar, difícilmente alcanzaría un resultado relevante.

Un pájaro posado sobre una alambrada del campamento del ejército de EEUU en Ramadi, Irak.  (AP Photo/Ben Curtis)

Un pájaro posado sobre una alambrada del campamento del ejército de EEUU en Ramadi, Irak. (AP Photo/Ben Curtis)

Los participantes en la tertulia del kiosco de Abu Salwan, una vez explicada la sopa de siglas de partidos, ex-milicias, y antiguos miembros del régimen de Saddam (el que esté libre de participación que demuestre su pureza de pedigrí) tratan de ofrecer una perspectiva más amplia y normalizadora de un proceso político que comparte características con el de cualquier otro país que vive un peculiar período de transición a la democracia bajo tutela militar extranjera. Competencia por el poder y maniobras para mantenerse en el mismo o llegar al sillón. Excusas para limpiar el camino de competidores incómodos y un estado que saquear para pagar los diferentes clientelismos generados por un sistema de partidos en formación constante.

Según el punto de vista de los tertulianos, la raíz del problema político sobre el cual se celebran estas elecciones no es el enfrentamiento entre sunitas y chiítas, reducido exclusivamente a ciertos líderes políticos e inapreciable de nuevo entre la población, tras la guerra sectaria que se desató entre 2005 y 2007 y puede darse casi por terminada desde la transferencia de la seguridad de manos extranjeras a manos iraquíes, léase la peligrosa integración de las milicias en el ejército y la policía. Quienes debaten en la calle opinan que la fractura real ante la que se encuentra el país es la que separa a religiosos, sectarios, y no religiosos, laicos, por un lado, y entre quienes mantenerse en el poder y quienes quieren arrebatárselo por otro. Poco sofisticado y poco conspirativo. La realidad, casi siempre más simple que la teoría.

La prohibición aplicada a candidatos acusados relaciones con el partido Baath sería según el vendedor de periódicos Abu Salwan y sus amigos tan sólo la excusa utilizada por algunos dirigentes chiítas influenciados por sus clérigos como mera excusa para demonizar e inhabilitar a ciertos rivales electorales laicos y las coaliciones no sectarias que plantean, especialmente la encabezada por Iyad Alaui, ex Primer Ministro, tras la caída del régimen anterior y de origen chií junto a Saleh Al Mutlaq, uno de los políticos más valorados entre la comunidad sunní y que acaba de ser inhabilitado con riesgo probable de cárcel una vez se celebren las elecciones que le arrebatarán la inmunidad parlamentaria. Alui y Al Mtlaq presentan un peligroso ejemplo para el gobierno actual. Su “Acuerdo Nacional Iraquí” presenta  listas en las que sunitas y chiíta laicos conviven sin problemas. Frente a la lista del “Estado de derecho” encabezada por el Primer Ministro actual Nuri Al Maliki que, pese a integrar a parte de los sunitas de Anbar, no logra convencer y casi todos los consultados identifican como sectaria y personalista.

Si según las encuestas que manejan algunas embajadas occidentales en Bagdad la lista de Alaui aparece como la que acapara más intención de voto, sería necesario debilitarla privándola de alguno de sus candidatos sunníes. Con la intención de forzar así un boicot parcial a las elecciones por parte de los votantes sunníes, como ya ha sucedido en el pasado, y que dejaría el poder en manos del gobierno actual. Como Basil Abdel Karim explicaba en su tertulia de kiosko, “el proceso político iraquí con todos sus defectos e imperfecciones no es más que un parto largo y con dolor”. El de una democracia que lucha por superar el sectarismo y disminuir la violencia para poder comenzar a hablar de reconstrucción, desarrollo y servicios públicos. Sin mirar apellidos ni orígenes sectarios y donde saldar cuentas con el pasado no está en la agenda de una ciudadanía que sólo quiere abrir el grifo y que salga agua. O llegar desde esa casa, que exceptuando un par de barrios de Bagdad se encontrará rodeada de basura, al trabajo sin que un suicida sin nombre ni motivo se reviente en el próximo semáforo.