P+DH – el blog de la redacción de periodismohumano

Ana Fuentes / Urumqi (China) para P+DH

[audio:http://blip.tv/file/get/Pmasdh-TestimonioHan648.mp3]

Voz de un ciudadano han: “Ahora la situación no está mal, el Gobierno se ha ocupado de restablecer el orden y estamos más tranquilos. Tenemos la sensación de que las autoridades están protegiendo a los ciudadanos”

[audio:http://blip.tv/file/get/Pmasdh-TestimonioUigur378.mp3]

Voz de un ciudadano uigur: “Estamos muy enfadados, han cerrado las mezquitas y no podemos entrar a rezar, si entramos vamos a tener problemas. La policía nos vigila constantemente”

Once de la noche en un restaurante junto a la mezquita del Gran Bazar. La terraza sólo tiene tres mesas: en la primera comen pinchos cuatro hombres uigures. En la central, tres periodistas extranjeros. En la más alejada de la puerta, dos chinos han. Después de varias noches se ha levantado el toque de queda y ya se puede circular por Urumqi, aunque bajo la mirada de miles de militares que siguen montando guardia en torno al barrio musulmán. También merodean policías de paisano y miembros del Gobierno.

Los uigures apuran sus cuencos de té mientras bromean con el dueño del local, que se ha quedado sin brochetas de cordero y ofrece un poco de arroz frito con zanahoria, huevo y cordero. “Tenéis que comerlo frío porque hemos apagado las brasas, pero os puedo sacar de la cocina unos naan [pan típico, redondo y plano]“, dice a los periodistas.

“Somos de Kashgar, pero vivimos en Urumqi”, explica el uigur más joven. No habla inglés pero quiere comunicarse. En un mandarín rudimentario cuenta que tiene “casi 40 años”. Fuma con calma, señala a los periodistas y de pronto hace un gesto de escribir, imitando con una mano el lápiz y con la otra el papel. Después señala disimuladamente a los han de la tercera mesa. Quiere avisar de que son policías han camuflados.

Los supuestos agentes se terminan unos fideos con verduras. En uigur le piden la cuenta al camarero con toda educación. Ofrecen a los informadores extranjeros un trozo de sandía, la fruta del verano en China por excelencia. “¿De qué país venís? ¿A qué os dedicáis?”, pregunta en mandarín. Al recibir la respuesta, uno de ellos se levanta de la mesa y dobla la esquina para llamar discretamente por el móvil.

Al rato se marchan y los uigures se arremolinan en torno a los periodistas. “Hoy han detenido a ocho de nuestra etnia, hay miles en el calabozo desde el domingo pasado”, explica atropelladamente el dueño del local. “En el Hospital Número Dos [uno de los grandes de la ciudad] hay muchos heridos graves y han muerto miles de personas, el Gobierno chino miente”, añade otro mientras empieza a desmontar la terraza. “Y no sigo hablando porque si no mañana igual ya no estoy aquí”, musita.

Hay que matizar lo que cuentan. Por ejemplo, anteayer una mujer insistía llorando desconsoladamente en que no les dejaban entrar en los hospitales a ver a sus familiares y amigos. No es cierto. Al Hospital Número Dos entraban ayer visitantes de ambas etnias. Precisamente es uno de los pocos espacios donde algunos han y uigures conviven sin asperezas. Heridos que comparten habitación, doctores y dolor.

Un dato que no están mostrando los medios oficiales y que, de confirmarse sería clave, es que los uigures ingresados están pagando por su tratamiento médico, mientras que el de los han está sufragado por el Estado. Es lo que dicen todos los uigures, y que no desmienten los pacientes han. “Tengo miedo de que me echen de aquí porque no me queda mucho dinero”, cuenta Habiba [nombre ficticio], una mujer uigur que recibió un balazo de la policía el pasado domingo.

Tampoco se cuenta que los heridos de bala uigures están en otro edificio prohibido a los medios de comunicación. “Están bajo vigilancia policial, no pueden entrar a verlos”, explica el personal del Hospital Número Dos antes de expulsar a los periodistas que han conseguido colarse.

En la puerta de cada centro médico se han colgado las listas de heridos. Muchos podrían estar muertos. Sólo en la del Hospital Número Dos hay 200 nombres y en Urumqi, 20 hospitales. Junto a cada uno, un caracter chino que indica la etnia de la víctima. “Estoy buscando a mi amigo”, cuenta apesadumbrado Peng, de etnia han. “El domingo fue atacado por uigures y no lo encontramos”. A su lado llora una joven uigur de pelo negro trenzado, semitapado por un pañuelo. “Mi hermano pequeño no aparece”, solloza. “Ya he recorrido muchos hospitales, pero no está en ninguno”.

Ni unos ni otros se creen el balance oficial de muertos, ese número 156 que lleva sonando cuatro días en los medios porque es el único confirmado por el Gobierno. Los diarios chinos oficiales lo repiten aunque han ido variando el envoltorio durante la semana: hasta el miércoles las noticias sólo repetían los ataques uigures en las manifestaciones del domingo. Chinos han ensangrentados, inconscientes sobre cristales rotos. Muchos simplemente pasaban por allí y se despertaron contusionados en el hospital.

Eso sí, los medios chinos no sacaron nada sobre los miles de han que tomaron el martes las calles con palos y machetes para vengarse. Ni mucho menos se mentaron los linchamientos o la pasividad policial. A partir del miércoles, la propaganda china se inclinó hacia lo amable y el Ejército de Liberación Popular fue el gran alabado.

Un diario regional han de Xinjiang llevaba en portada fotos a cinco columnas de niños sonriendo a los militares en formación. La agencia regional destaca esa convivencia de etnias en los hospitales y la generosidad de los que han donado sangre.

La presión sobre los periodistas extranjeros se ha relajado mucho. Donde antes había militares persiguiendo con las porras ahora hay discretos espías del Partido Comunista. Son de trato exquisito, pero a veces se producen situaciones grotescas. El Hotel Hai De, donde está alojada la mayoría de los periodistas porque es el único con conexión a Internet, está plagado de topos. “Hola, me gustaría hablar contigo, soy han y creo que mi testimonio te va a impresionar”, le decía el otro día uno a una periodista de una agencia europea en un inglés perfecto.

En la calle, rodeando el barrio uigur duermen al raso miles de militares. Llevan cuatro días patrullando y bloqueando el acceso a unos y otros. “Estamos agotados”, confiesa uno disimuladamente. “Pasamos muchísimo calor con los uniformes y las protecciones”, contaba mientras sus compañeros entonaban canciones militares.

[AUDIO: http://blip.tv/file/get/Pmasdh-AmbienteMilitarEnChina950.mp3]

Poco a poco la ciudad va recobrando energía después de tres días de aspecto fantasmal. El tráfico es fluido, los mercados están llenos y los abuelos se sientan al fresco. Junto a la Plaza del Pueblo siguen apostados los paramilitares mientras los vecinos pasean. Algunos, de ambas etnias, con heridas, moratones y vendajes.