P+DH – el blog de la redacción de periodismohumano

por Álvaro Vicente Palazón

Abordar al periodista Jon Lee Anderson en la puerta, a punto de dar una conferencia, con uno de sus libros, “La caída de Bagdad” (Anagrama), en la mano le hace sonreír. Creo que espera que le pida una firma. No ha reparado en que en mi otra mano sujeto una pequeña grabadora. Quiero una entrevista.

El idioma no será problema, Jon maneja un amplio español. Habla con la cadencia y el pulso de sus crónicas. De manera fluida, interrumpido por breves pausas que le permiten calcular las próximas palabras mientras deja espacio para asimilar la tensión de las escenas que narra. Un suave seseo, la entonación norteña y el espeto de algún que otro chévere delatan una precoz formación al otro lado del Atlántico a la que se mantiene fiel. Precisamente empezó como reportero en la redacción de “The Lima Times”. Es más, fue en Sudamérica donde Jon Lee Anderson se inició como periodista de guerra. Porque al fin y al cabo ha venido a eso, a hablar de guerra.

Soldados de EEUU de patrulla en Afganistán. (AP / David Guttenfelder)

Soldados de EEUU de patrulla en Afganistán. (AP / David Guttenfelder)

Más adelante, en la propia conferencia, recuerda los conflictos de El Salvador, Nicaragua y Centroamérica como las primeras guerras que cubrió. Desde entonces -han pasado ya 30 años- Anderson se ha revelado como un periodista ecléctico. Ha cubierto catástrofes (el huracán Katrina y más recientemente el devastador terremoto de Haití), ha radiografiado ciudades, aldeas y barrios (desde las favelas de Rio hasta Mogadiscio, capital de Somalia), ha cultivado el reportaje, la opinión, la biografía y un género en el que ha acuñado un método propio, la semblanza. Quizá explique esto su renuencia a etiquetarse como “periodista de guerra”, pero no puede evitar reconocer que su carrera periodística “se ha visto matizada por las guerras, con pausas para escribir libros periodísticos, biografías…”. No obstante, pausas relativamente poco frecuentes desde hace unos diez años en los que ha trabajado como corresponsal para “The New Yorker” en territorios como Irak o Afganistán.

Tras los atentados del 11 de septiembre enfocas tu carrera periodística en la crónica de guerra, ¿qué cambió aquel día?

Yo me marché a la guerra, sentí no solamente que el mundo iba a cambiar, sentí la compulsión de estar en un momento histórico y necesitaba acompañarlo, atestiguarlo.

Mi vida cambió. Ya ha vuelto a sus cauces, pero durante cinco años mi vida estuvo en guerra, no hice otra cosa que estar en guerra. Tenía una especie de sentimiento de obligación. No es que abandonara a mi familia, pero lo consideré de gran importancia. Cambió mi vida.

Supongo que tu primer contacto con la guerra, aunque como espectador lejano, fue durante el conflicto con Vietnam, ¿cómo lo viviste?
Yo era un niño cuando la guerra de Vietnam. Me ayudo a concienciarme, mi conciencia política, mi sensibilización social se despierta con Vietnam y con las luchas de derechos civiles de la población afroamericana en EEUU. Pero como periodista empiezo a curtirme en la posguerra de Vietnam, en esa primera generación posterior, abiertamente contraria a la política y a la conducta exterior norteamericana. Los de mi generación nos consideramos casi como los fiscales ambulatorios del gobierno norteamericano (ríe).

 Soldados de EEUU en Afganistán (AP / David Guttenfelder)

Soldados de EEUU en Afganistán (AP / David Guttenfelder)

Precisamente la Guerra de Vietnam marca un punto de inflexión en la cobertura mediática de los conflictos armados. No ha vuelto a repetirse la libertad de prensa, de movimiento… que las autoridades norteamericanas permitieron entonces.
Yo creo que es más bien un error de juicio, de percepción. La guerra de Vietnam, en cuanto a la intervención norteamericana en el país, duró trece años, desde mediados de los sesenta hasta mediados de los setenta. La mayoría de los periodistas que cubrieron Vietnam lo hicieron empotrados junto a las tropas, como en gran parte de las guerras anteriores en otros países. Ese modelo empezó a resquebrajarse en Vietnam, hubo algunos que hicieron reportajes sobre la sociedad vietnamita, pero la gran mayoría de los reporteros lo hizo junto a los soldados. No es que a partir de entonces se hayan vuelto más restrictivos, han seguido una política de mayor acercamiento, mayor tacto psicológico con el periodista. Es decir, hoy en día puedes ir a las guerras de Irak y Afganistán empotrado con las tropas norteamericanas o las de la OTAN y no te censuran. Piden que no reveles cuestiones de inteligencia militar que puedan amenazar la seguridad de la tropa, como el lugar exacto en el que escribes tu crónica. Que no avises de la muerte de algún soldado antes de que pueda ser notificado a sus familiares. O bien que si asistes a una reunión “clasificada” no la desclasifiques.

Soldados de EEUU transportan un compañero herido. (AP / David Guttenfelder)

Soldados de EEUU transportan un compañero herido. (AP / David Guttenfelder)

Ellos no necesitan censurarte, en la práctica caes en una especie de Síndrome de Estocolmo. Ocurre cuando uno anda diez días o dos semanas con unos soldados que arriesgan su vida para protegerte en un ambiente inhóspito, se crean lazos afectivos de grupo, sobre todo si son del país de uno, de su misma cultura, religión, idioma. Eso hace que uno se autocensure, sin que se lo pidan. Es muy envolvente.

Éste es, en concreto, el eje de la conferencia que imparte, invitado por la Obra Social La Caixa, en Madrid y Barcelona; “El reto de contar la verdad en plena guerra”. Anderson reconoce que “igual que la censura, cualquier imposición en nosotros duele y nos resentimos” pero aún así “buena parte de los nuevos periodistas no conocen otra forma de cubrir la guerra que no sea el empotramiento, nunca han sido free lance, deambulando solos entre ambos bandos”.

Hoy en día la cobertura de guerras como las de Irak o Afganistán procede casi en exclusiva de periodistas empotrados. Frente a esta forma de cubrir la guerra, el veterano periodista se muestra algo escéptico. “No es carente de ética hacerlo, y es más uno tiene todo a mano. Casi siempre le suministran comida, seguridad y transporte. En momentos difíciles viene muy bien a los periodistas, aunque acabas pasando las mismas penurias que las tropas; marchas nocturnas, peligros… Por supuesto hay un trueque, pero es implícito. A lo que voy es que no necesitan imponer una censura dura y draconiana porque entienden que ésta va implícita en la relación que establecen”. Y sentencia; “eso pende sobre toda la noticia. Es bueno tenerlo en cuenta.”

Sin embargo, reconoce que “muchas de las cosas que sabemos que han ocurrido en las guerras de la última década provienen de periodistas empotrados, los que supuestamente están bajo la sumisión del Pentágono o de uno de los ejércitos en guerra en el mundo con interés por ocultar sus verdades y sus desmanes.”

Acompañar a las tropas ofrece otra ventaja, la de conocer de primera mano el rumbo de la ofensiva, los próximos pasos de la campaña. La de estar ahí para contarlo desde el principio. Ya curtido en todo esto a fuerza de haberla enfrentado en años, Jon deshace mitos; “por más bien que preparas una operación militar… la guerra es como un virus que escapa del laboratorio, la violencia es como un organismo malévolo que busca clonarse, crea efectos que no puedes visualizar”. La crónica nunca puede escribirse antes de tiempo.

En cada uno de los conflictos a los que ha dado cobertura, también en el reciente caso de Haití, el reportero ha buscado “gente de confianza que conozca las hostilidades del terreno”. Ha acompañado a tropas de su propio país pero a menudo ha enfrentado el camino por cuenta propia, ha sentido la tierra bajo las uñas. Para Anderson convertirse  en “embedded reporter” de manera permanente, en un sempiterno periodista empotrado, “es uno de los muchos desafíos éticos que podríamos calificar de obstáculos para que se tenga información imparcial desde los conflictos”.

No es el único desafío del periodista de conflictos armados. Jon reconoce los compromisos, las obligaciones inherentes a su condición de relator de guerra.

 David Guttenfelder, 12º Premio Internacional de Fotoperiodismo "Ciudad de Gijón" 2008.  Guerra en Afganistán.

David Guttenfelder, 12º Premio Internacional de Fotoperiodismo "Ciudad de Gijón" 2008. Guerra en Afganistán.

La sociedad empieza a inmunizarse contra la barbarie, las noticias que llegan de Afganistán e Irak ya no sorprenden a nadie y parece que la atención que generan es cada vez menor. ¿Cómo conseguir desde el periodismo reestablecer el interés y combatir la apatía de la sociedad?

Sí, es un reto mayor y no sé si tengo la clave mágica. Creo que utilizando distintos géneros; documentales largometrajes con componentes de entretenimiento o de narrativa visual. También obras periodísticas gráficas como “Vals con Bashir” o “Persépolis” son formas de llegar a un público más amplio, educados en base a una manera distinta de recibir las noticias. Creo que hay que probar todos los medios posibles para que lo que pase en el mundo siga incidiendo. Yo estoy dispuesto a que, si veo que la gente no lee mis crónicas en “The New Yorker” y asimismo no son reproducidas en otros países como España, estoy dispuesto a trabajar con un dibujante y hacer un libro gráfico si de esa manera llega a más gente, a los jóvenes. Yo hago de todo. Si es creativo, ¿por qué no? Creo que estamos en momentos nuevos, interesantes, que implican ciertas dificultades pero nos ofrecen nuevas posibilidades.

La reciente comisión Chilcot en el Reino Unido, y otra paralela en Holanda ya conclusa, se han propuesto esclarecer los motivos que impulsaron a ambos gobiernos a participar en la invasión de Irak así como dictaminar si ésta fue legal o no. ¿Ha jugado la prensa este papel en los Estados Unidos?

(Calla, pensativo). Los mismos diarios se han encargado de fiscalizarse. “The New York Times” ha hecho unos mea culpa en público bastante desgarradores, lo único que no ha hecho es arrancarse los pelos del pecho. En EEUU la prensa es muy abierta y se ha encargado de fiscalizarse. Aún así no se ha llegado a hacer lo que están haciendo en Inglaterra ahora y yo creo que sí, hay que hacerlo. Quizá no sea éste el momento, pero sí, es bueno que lo hagan. No sólo por la motivación de la guerra de Irak, por muchas cosas. Para mí Bush ha de ser enjuiciado y Cheney debe ir a la cárcel. Que un ex-vicepresidente de los EEUU sea más conocido por sus argumentos a favor de la tortura es una vergüenza, ha de ser amonestado por lo menos. Sí, es una deuda pendiente que tienen con nosotros.

Y a todo esto me surge una breve pregunta que languidece ya antes de escaparse, ¿cuando será el momento? Pero para entonces Jon es requerido por los encargados del Caixa Fórum y dejo que mi pregunta se apague.


Entrevista a Andy Worthington, autor del libro The Guantánamo Files

Por Carlos Sardiña para P+DH

El periodista británico Andy Worthington es probablemente uno de los mayores especialistas del mundo en la prisión militar de Guantánamo, un tema sobre el que escribe regularmente en su blog y en publicaciones como The Guardian, Huffington Post o AlterNet. Desde 2006, no sólo ha investigado la vida de los 774 prisioneros retenidos en el limbo legal de la base estadounidense en Cuba, una exhaustiva investigación que recoge en su libro The Guantánamo Files, sino que también ha hecho un seguimiento casi diario de la “guerra contra el terrorismo” en sus vertientes legal y política, documentando rigurosamente las violaciones de los derechos humanos cometidas en su nombre.

En esta entrevista en exclusiva para P+DH [periodismo + derechos humanos], y que publicaremos en dos partes, nos habla de temas como el futuro de los prisioneros de Guantánamo, las similitudes y diferencias entre George Bush y Barack Obama en el trato de los prisioneros de la “guerra contra el terrorismo” o el marco legal en el que el gobierno de Estados Unidos sigue librando una guerra contra un enemigo desconocido y difuso en la que, a efectos prácticos, no existe la presunción de inocencia.

P. En su discurso de investidura, Obama dijo que consideraba “falsa la disyuntiva entre la seguridad y los ideales” de su nación, y una de sus promesas electorales más importantes fue comenzar una nueva época de respeto al Estado de derecho y los derechos humanos. Sin embargo, la propuesta de “detención preventiva”, expuesta por primera vez en un discurso pronunciado en mayo, y la noticia de que la Casa Blanca está redactando una orden ejecutiva que “reafirmaría la autoridad presidencial para encarcelar indefinidamente a sospechosos de terrorismo” sugieren que Obama está dando marcha atrás en algunas de sus propuestas. Con respecto al tratamiento de los prisioneros de la “guerra contra el terrorismo”, ¿cuáles son las principales diferencias entre la administración Bush y la de Obama?

R: Hay, por supuesto, numerosas diferencias entre la administración Bush y la de Obama. No me cabe la menor duda de que Obama está totalmente decidido a cerrar Guantánamo antes de enero de 2010 y a mantener la prohibición de la tortura que la administración Bush manipuló y dejó de lado de una manera tan indignante, y tengo bastante confianza en que la administración no va a tener muchas dificultades para decidir que debe repatriar a más de la mitad de los 229 prisioneros que quedan o encontrar nuevos países en los que puedan vivir.

Sin embargo lamento profundamente que la administración mantenga demasiadas opciones disponibles y se niegue a adoptar la única política aceptable: juzgar a los prisioneros en tribunales federales o ponerlos en libertad. Como he dicho, me horroriza el proyecto de aprobar una ley que justifique la “detención preventiva” (que es lo que, de hecho, ha estado ocurriendo en Guantánamo durante siete años y medio) y también lamento profundamente que el gobierno y el congreso parezcan estar decididos a reactivar las comisiones militares, como ya expliqué con detalle en un artículo.

A decir verdad, hay otras muchas decepciones, aunque creo que a menudo el gobierno se mueve en la dirección correcta, y no cabe duda de que Bush y Cheney le han dejado un descomunal quebradero de cabeza. Para no extenderme demasiado, me centraré especialmente en la negativa de la administración a aceptar el fallo de un juez que determinaba que el derecho de habeas corpus (el derecho a cuestionar ante un juez los motivos de una detención) es aplicable a los prisioneros extranjeros “entregados” desde otros países a la prisión estadounidense de la base aérea de Bagram, en Afganistán (sobre lo que he informado aquí y aquí), y la clara incapacidad del Departamento de Justicia para modificar sus postura sobre las peticiones de habeas corpus de los prisioneros (a raíz de un trascendental dictamen del Tribunal Supremo del pasado mes de junio) con respecto a la de la administración Bush. Como consecuencia de ello han llegado a los tribunales algunos casos evidentemente imposibles de ganar, como demostraron recientemente los casos de Alla Ali Bin Ali Ahmed, uno de los diecisiete prisioneros capturados en una residencia universitaria de Pakistán, y Abdul Rahim al-Ginco, un sirio al que torturó al-Qaeda acusándole de espionaje antes de que lo encarcelaran los talibán y al que el ejército estadounidense “liberó” y envió a Guantánamo. Leer más