P+DH – el blog de la redacción de periodismohumano

  • Con 58 disidentes presos, encabeza la lista de países con menos libertad de expresión en Internet
  • Las ONG han denunciado una campaña de represión coincidiendo con la visita de Obama
  • 40.000 personas trabajan en el control de los contenidos de la Red

Ilustración: Guy Billout / Wired

“Soy un gran partidario de la no censura”. Barack Obama capeaba el asunto de la falta de libertad de expresión en China durante su encuentro con un grupo de universitarios de Shanghai preparado por la Embajada estadounidense. El eco de sus palabras ha retumbado más fuera que dentro del país, donde sólo pudieron ser publicadas en 30 páginas web.

Organizaciones como Human Rights in China (HRIC) o Chinese Human Rights Defenders (CHRD) han denunciado que durante la reciente visita del presidente estadounidense, el Gobierno de Hu Jintao realizó una campaña de control y detención de disidentes y activistas, entre las que se encuentran 90 personas que se manifestaban en Pekín contra la demolición de sus casas ante la celebración de la Exposición Universal de Shanghai 2010. Según CHRD hubo 42 arrestados que fueron trasladados a las “cárceles negras“, centros de detención ilegales donde se violan los derechos de los prisioneros según Human Rights Watch.

En el gigante asiático hay 300 millones usuarios de internet de los que 60 millones son blogueros. China tiene la mayor comunidad de internautas del mundo, tan grande como su capacidad de censurar miles de webs, incluidas las de Facebook y Twitter. En su tarea cuenta con el respaldo de Microsoft, Google, Yahoo y Baidu.cn (éste último acapara el 60% de las búsquedas), que filtran los contenidos “subversivos” y colaboran en la desaparición de informaciones relativas los derechos humanos, el Dalai Lama, la Carta 08 o la democracia y en el bloqueo del acceso a las páginas de Internet de organizaciones como Reporteros sin Fronteras y Amnistía Internacional.

A éstas se suman otras estrategias como la orden de que los ordenadores fabricados a partir de julio llevasen instalado un software de control de contenidos, que ante el rechazo que suscitó entre los usuarios y los propios fabricantes quedó como una opción voluntaria para las marcas, a la que se acojen muchas de ellas. Un estudio de OpenNet Initiative afirma que esta medida no es más que una forma con la que el Estado pretende limitar los contenidos políticos y religiosos.

40.000 empleados del Estado y el Partido vigilan los ficheros que circulan por la Red. El informe “Los enemigos de Internet” de RFS asegura que sólo en 2008 alrededor de 3.000 páginas fueron bloqueadas a través de un sistema de “palabras prohibidas” que serían, por ejemplo, las asociadas a la matanza de Tiananmen en 1989: oleada estudiantil del 89, movimiento estudiantil del 89, alteraciones, revueltas, masacres, etc.

En China 58 ‘ciberdisidentes’ están encarcelados, algunos de ellos desde hace más de 9 años. Tras la breve apertura a la que se vio forzado el país con la celebración de los Juegos Olímpicos de Pekín, el Gobierno ha vuelto a levantar la Gran Muralla virtual que comparte países como Arabia Saudí, Birmania, Cuba, Egipto, Irán, Uzbekistán, Siria, Túnez, Turkmenistán o Vietnam.

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Niveles de filtro de contenidos | Mapa: OpenNet Initiative


Ana Fuentes / Urumqi (China) para P+DH

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Voz de un ciudadano han: “Ahora la situación no está mal, el Gobierno se ha ocupado de restablecer el orden y estamos más tranquilos. Tenemos la sensación de que las autoridades están protegiendo a los ciudadanos”

[audio:http://blip.tv/file/get/Pmasdh-TestimonioUigur378.mp3]

Voz de un ciudadano uigur: “Estamos muy enfadados, han cerrado las mezquitas y no podemos entrar a rezar, si entramos vamos a tener problemas. La policía nos vigila constantemente”

Once de la noche en un restaurante junto a la mezquita del Gran Bazar. La terraza sólo tiene tres mesas: en la primera comen pinchos cuatro hombres uigures. En la central, tres periodistas extranjeros. En la más alejada de la puerta, dos chinos han. Después de varias noches se ha levantado el toque de queda y ya se puede circular por Urumqi, aunque bajo la mirada de miles de militares que siguen montando guardia en torno al barrio musulmán. También merodean policías de paisano y miembros del Gobierno.

Los uigures apuran sus cuencos de té mientras bromean con el dueño del local, que se ha quedado sin brochetas de cordero y ofrece un poco de arroz frito con zanahoria, huevo y cordero. “Tenéis que comerlo frío porque hemos apagado las brasas, pero os puedo sacar de la cocina unos naan [pan típico, redondo y plano]“, dice a los periodistas.

“Somos de Kashgar, pero vivimos en Urumqi”, explica el uigur más joven. No habla inglés pero quiere comunicarse. En un mandarín rudimentario cuenta que tiene “casi 40 años”. Fuma con calma, señala a los periodistas y de pronto hace un gesto de escribir, imitando con una mano el lápiz y con la otra el papel. Después señala disimuladamente a los han de la tercera mesa. Quiere avisar de que son policías han camuflados.

Los supuestos agentes se terminan unos fideos con verduras. En uigur le piden la cuenta al camarero con toda educación. Ofrecen a los informadores extranjeros un trozo de sandía, la fruta del verano en China por excelencia. “¿De qué país venís? ¿A qué os dedicáis?”, pregunta en mandarín. Al recibir la respuesta, uno de ellos se levanta de la mesa y dobla la esquina para llamar discretamente por el móvil.

Al rato se marchan y los uigures se arremolinan en torno a los periodistas. “Hoy han detenido a ocho de nuestra etnia, hay miles en el calabozo desde el domingo pasado”, explica atropelladamente el dueño del local. “En el Hospital Número Dos [uno de los grandes de la ciudad] hay muchos heridos graves y han muerto miles de personas, el Gobierno chino miente”, añade otro mientras empieza a desmontar la terraza. “Y no sigo hablando porque si no mañana igual ya no estoy aquí”, musita.

Hay que matizar lo que cuentan. Por ejemplo, anteayer una mujer insistía llorando desconsoladamente en que no les dejaban entrar en los hospitales a ver a sus familiares y amigos. No es cierto. Al Hospital Número Dos entraban ayer visitantes de ambas etnias. Precisamente es uno de los pocos espacios donde algunos han y uigures conviven sin asperezas. Heridos que comparten habitación, doctores y dolor.

Un dato que no están mostrando los medios oficiales y que, de confirmarse sería clave, es que los uigures ingresados están pagando por su tratamiento médico, mientras que el de los han está sufragado por el Estado. Es lo que dicen todos los uigures, y que no desmienten los pacientes han. “Tengo miedo de que me echen de aquí porque no me queda mucho dinero”, cuenta Habiba [nombre ficticio], una mujer uigur que recibió un balazo de la policía el pasado domingo.

Tampoco se cuenta que los heridos de bala uigures están en otro edificio prohibido a los medios de comunicación. “Están bajo vigilancia policial, no pueden entrar a verlos”, explica el personal del Hospital Número Dos antes de expulsar a los periodistas que han conseguido colarse.

En la puerta de cada centro médico se han colgado las listas de heridos. Muchos podrían estar muertos. Sólo en la del Hospital Número Dos hay 200 nombres y en Urumqi, 20 hospitales. Junto a cada uno, un caracter chino que indica la etnia de la víctima. “Estoy buscando a mi amigo”, cuenta apesadumbrado Peng, de etnia han. “El domingo fue atacado por uigures y no lo encontramos”. A su lado llora una joven uigur de pelo negro trenzado, semitapado por un pañuelo. “Mi hermano pequeño no aparece”, solloza. “Ya he recorrido muchos hospitales, pero no está en ninguno”.

Ni unos ni otros se creen el balance oficial de muertos, ese número 156 que lleva sonando cuatro días en los medios porque es el único confirmado por el Gobierno. Los diarios chinos oficiales lo repiten aunque han ido variando el envoltorio durante la semana: hasta el miércoles las noticias sólo repetían los ataques uigures en las manifestaciones del domingo. Chinos han ensangrentados, inconscientes sobre cristales rotos. Muchos simplemente pasaban por allí y se despertaron contusionados en el hospital.

Eso sí, los medios chinos no sacaron nada sobre los miles de han que tomaron el martes las calles con palos y machetes para vengarse. Ni mucho menos se mentaron los linchamientos o la pasividad policial. A partir del miércoles, la propaganda china se inclinó hacia lo amable y el Ejército de Liberación Popular fue el gran alabado.

Un diario regional han de Xinjiang llevaba en portada fotos a cinco columnas de niños sonriendo a los militares en formación. La agencia regional destaca esa convivencia de etnias en los hospitales y la generosidad de los que han donado sangre.

La presión sobre los periodistas extranjeros se ha relajado mucho. Donde antes había militares persiguiendo con las porras ahora hay discretos espías del Partido Comunista. Son de trato exquisito, pero a veces se producen situaciones grotescas. El Hotel Hai De, donde está alojada la mayoría de los periodistas porque es el único con conexión a Internet, está plagado de topos. “Hola, me gustaría hablar contigo, soy han y creo que mi testimonio te va a impresionar”, le decía el otro día uno a una periodista de una agencia europea en un inglés perfecto.

En la calle, rodeando el barrio uigur duermen al raso miles de militares. Llevan cuatro días patrullando y bloqueando el acceso a unos y otros. “Estamos agotados”, confiesa uno disimuladamente. “Pasamos muchísimo calor con los uniformes y las protecciones”, contaba mientras sus compañeros entonaban canciones militares.

[AUDIO: http://blip.tv/file/get/Pmasdh-AmbienteMilitarEnChina950.mp3]

Poco a poco la ciudad va recobrando energía después de tres días de aspecto fantasmal. El tráfico es fluido, los mercados están llenos y los abuelos se sientan al fresco. Junto a la Plaza del Pueblo siguen apostados los paramilitares mientras los vecinos pasean. Algunos, de ambas etnias, con heridas, moratones y vendajes.


Ana Fuentes / Urumuqi (China) para P+DH


Cada dos metros, un soldado. El ejército ha tomado las calles de Urumuqi, la capital de Xinjiang, pero no ha conseguido sin embargo relajar la tensión. Durante todo el día los coches militares han estado dando vueltas y difundiendo por altavoces la versión oficial de esta lucha étnica entre han y uigures: “Esto es un conflicto de orden social, no étnico, y Xinjiang no es sólo de los uigures. Vuelvan a sus casas y a sus lugares de trabajo”. Desde el cielo los helicópteros han lanzado pasquines con el mismo mensaje.

Tensión general, pero un ambiente muy diferente según los barrios, han o uigur. Y es que en esta ciudad los vecinos no se mezclan. Las zonas han están bastante vacías porque los medios oficiales están pidiendo a la población que se quede en sus casas. Aun así, circulan algunos autobuses y los taxis. Hay gente que ha vuelto a trabajar y los mercados han tenido clientes, aunque la mayoría de las calles de esta ciudad de dos millones de habitantes no tenían más transeúntes que los agentes armados.

En cuanto zonas uigures estaban absolutamente bloqueadas por la policía. Muy pocos musulmanes han abierto sus comercios y los que estaban en la calle trataban constantemente de contarle su historia a la prensa. Lo vemos en el vídeo de este post: esta mujer uigur contaba que su hermano de 22 años lo mataron de una paliza el domingo, cuando empezaron las revueltas. Aseguraba que no les están dejando ver ni velar a sus muertos, que no pueden ir a los hospitales a ver a los heridos.

Los uigures están pasando vídeos a la prensa en los que se ven linchamientos por parte de chinos han ayer. “Menos mal que están los medios internacionales, si no nos tratarían peor”, comentaba hoy Akbar, un uigur de 25 años que sin embargo cree que este conflicto “se le ha ido de las manos a ambas partes”.

Lo que cuesta ahora es comprobar lo que cuentan unos y otros. Es cierto que ayer hubo linchamientos, que miles de chinos han salieron a las calles armados con lo primero que encontraron: palos, trozos de tuberías de hierro, vigas y hasta palos de fregona. Gritaban consignas nacionalistas, estaba muy exaltados, como se ve en el vídeo, y muchos incluso increparon a la policía por “ser blandos” y no dejarles destrozar la mezquita central de la ciudad.

También podemos asegurar que hoy cientos de chinos le han propinado una paliza a un musulmán sin que la policía hiciera gran cosa por evitarlo. Y que anoche el toque de queda no se respetó: lo han dicho unos y otros.

Hay, sin embargo, otros detalles del relato uigur que no concuerdan. En un hospital de la capital al que supuestamente no podían entrar, como decía la mujer del vídeo, hemos visto a chinos de su etnia accediendo sin problemas. Los heridos que estaban ingresados, 60 en total, eran todos de etnia han. Todos con heridas de piedras y contusiones en la cabeza. Según comentaba el personal del hospital, habrían ingresado hoy también a cuatro uigures en estado grave, aunque no han permitido a la prensa que los viera.

Así que para saber lo que está pasando en Urumuchi, la capital de Xinjiang, solamente se pueden atar cabos. Las dos etnias, han y uigur, sostienen versiones opuestas, relatos, que a los periodistas extranjeros nos resulta imposible confirmar. En la calle los han son muy reacios a hablar. Nos acusan de “mentir sobre la realidad china”, en una referencia clara a los disturbios del año pasado en Tíbet.

La clave parece ser lo que pasó el domingo, cuando empezaron las revueltas. Ese día, entre 1.000 y 3.000 personas de etnia uigur, musulmanes, salieron a las calles de esta ciudad, Urumuchi, para protestar por el asesinato de dos uigures en manos de sus compañeros han hace dos meses en una fábrica de juguetes del sur de China. Los han habían acusado a los uigures de violar a dos mujeres y por eso los mataron a palos, como se ve en este vídeo censurado en China.

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A los pocos días se descubrió que la historia de la violación había sido una mentira, un rumor difundido por un trabajador han que ya ha sido detenido.

Las manifestaciones del domingo pasado, por tanto, lo que buscaban era protestar por la gestión que hizo el Partido Comunista del incidente. Al principio fueron manifestaciones pacificas pero a las pocas horas se inició una gran oleada de violencia. Según una periodista uigur de Radio Xinjiang que está cubriendo estos disturbios desde el principio, las manifestaciones eran pacíficas, pero un grupo de uigures violentos empezaron a agredir tanto a sus propios compatriotas musulmanes como a los chinos han. En siguiente vídeo se ven parte de las revueltas. Por cierto que los periodistas uigures, kazajos y de otras minorías étnicas están siendo vigilados estos días.

El resto de medios extranjeros sigue teniendo problemas para informar: sólo en un hotel de Urumuqi hay conexión (intermitente) a Internet. Seguimos con Twitter, Facebook y Flickr bloqueados, aunque las versiones chinas como Xiaonei y Kaixin siguen activas. Los foros uigures siguen inactivados. No se pueden realizar llamadas internacionales desde la ciudad y la cobertura de móvil es muy escasa.

No se sabe cuánto durará este conflicto y qué implicaciones tendrá la vuelta del presidente Hu Jintao a China para lidiar con él. El Buró del Partido Comunista se reunirá esta noche o mañana, comentan fuentes chinas. En cualquier caso las diferencias y tensión entre la etnia han y la uigur vienen de lejos. Los han acusan a sus vecinos musulmanes de terroristas, de boicotear la unidad y la armonía nacional y buscar la independencia. Los uigures aseguran que Pekín ejerce una represión y discriminación constante contra su minoría étnica, no permitiéndoles practicar su religión, dándoles peores sueldos, y menos posibilidades de desarrollo que a la etnia han.